El hospital me recibió con el mismo aire enrarecido de siempre, ese olor a desinfectante que parecía colarse hasta los huesos. Caminé por el pasillo con el bolso apretado contra mi costado, como si dentro llevara una prueba secreta que nadie debía ver. La copia del documento de la aseguradora crujía cada vez que movía la mano, recordándome su existencia como un cuchillo escondido en la tela.
Al entrar en la habitación, Margaret levantó la vista de inmediato. Estaba sentada junto a la cama, con