La casa me recibió con el mismo silencio solemne de la mañana. Rose había dejado una lámpara encendida en el comedor, como si hubiera adivinado que no regresaría temprano. Sobre la mesa me esperaba una cena sencilla: sopa caliente, pan recién horneado y una ensalada.
Me senté sola, bajo la luz cálida del candelabro, y el contraste con el bullicio del almuerzo de negocios fue brutal. Ningún brindis, ninguna conversación incómoda, ningún juicio escondido tras sonrisas falsas. Solo el tintinear de