La mañana siguiente me encontró con los ojos hinchados y la garganta reseca, como si hubiera pasado la noche gritando en lugar de llorando. Apenas dormí, y cuando lo hice, los sueños fueron un revoltijo confuso de rostros, promesas rotas y un eco constante: “No me dejes”.
Me levanté despacio, como quien carga un cuerpo que no le pertenece. El espejo del baño no tuvo piedad: mi reflejo era la imagen viva de una mujer agotada, con el alma hecha jirones. Me lavé la cara con agua fría, intentando re