El regreso a la cabaña fue en silencio, pero no un silencio incómodo, sino uno cálido, que parecía resguardar lo especial de aquel amanecer. Caminamos de la mano mientras el cachorro saltaba entre la nieve, como si compartiera nuestra felicidad.
Al entrar, Alex avivó el fuego y enseguida preparó café. Lo observé en cada movimiento: la forma en que medía el agua, cómo soplaba distraídamente para apartar el vapor de su rostro. Era un gesto cotidiano, y sin embargo me conmovía, porque lo hacía con