A la mañana siguiente, el sonido del despertador me arrancó del sueño. Alex aún dormía profundamente a mi lado, con el brazo extendido sobre mi cintura. Su respiración era tranquila, uniforme, pero algo en su postura me pareció… distinta. No sabría explicarlo: menos relajada, menos suya.
Me quedé unos segundos observándolo, acariciando su mejilla con la yema de los dedos. Se movió apenas, entreabrió los ojos y me sonrió con suavidad.
—Buenos días, amor —murmuró, besándome la frente.
Respondí a