El día siguiente transcurrió con una calma distinta, como si cada rincón de la casa respirara un aire nuevo. Me desperté varias veces durante la noche, sobresaltada por recuerdos del ataque, pero cada vez que abría los ojos lo encontraba ahí: su brazo firme rodeándome, su respiración serena, su calor anclándome. No se movió ni una sola vez, como si hubiera jurado vigilar mis sueños.
A la mañana, cuando bajamos juntos a la cocina, el ambiente era distinto. Yo me sentía agotada, todavía vulnerable