Cuando la puerta se cerró detrás de mis padres, la casa se sumió en un silencio cálido pero cargado de tensión. Yo todavía estaba envuelta en la manta, con la respiración un poco irregular, y Alex se sentó a mi lado, mirándome con esos ojos que siempre parecían leerme el alma.
—Isla… —dijo, bajando la voz, con cuidado—. Quiero que me digas qué te pasó. De verdad. No me digas solo “me asusté” o “no sé”. Necesito entenderlo.
Me tensé, tratando de encontrar las palabras. No era fácil, porque nunca