El cachorro nos había robado la atención por completo. Corría de un lado a otro del salón, tropezando con las patas torpes y explorando cada rincón como si todo le perteneciera. Yo no podía dejar de reírme de sus ocurrencias, mientras Alex lo seguía con la mirada, divertido.
—Creo que vamos a tener las manos llenas con este pequeño —comenté, agachándome para recoger un cojín que había arrastrado hasta la alfombra.
—Y noches largas —añadió Alex, sonriendo—. Pero prometo turnarme contigo. No vas a