La segunda cita con el terapeuta era el jueves por la tarde. Como la vez anterior, Alex aceptó sin protestas que yo lo llevara. Había estado tan bien toda la semana anterior que casi olvidaba por qué habíamos iniciado esas sesiones. Su sonrisa, sus bromas, sus pequeños gestos… todo me había hecho creer que habíamos vuelto a ser los de antes.
—¿Lista para otra tarde juntos? —me preguntó mientras subíamos al auto.
—Siempre —respondí, intentando esconder lo mucho que me ilusionaba esa constancia.