El médico me dijo que tuve suerte. Que llegamos a tiempo.
Esa palabra, suerte, me dejó un sabor extraño en la boca, porque la noche anterior no me había parecido cuestión de azar… sino de descuido. Y no un descuido cualquiera.
Alex insistió en quedarse conmigo en el hospital hasta que me dieran el alta. No dejó que nadie más viniera, ni siquiera mis padres. “No quiero alarmarlos”, dijo, como si la alergia que casi me deja sin aire fuera algo que pudiera ocultarse con facilidad.
Pasamos las hora