Valentina, aún envuelta en la bata de seda que olía al jabón de Kaiser, se paseaba por la sala del penthouse, admirando las vistas panorámicas que hacían que la ciudad pareciera un juguete a sus pies.
Suspiró antes de regresar a la habitación y colocarse un vestido de Dior, corto hasta las rodillas y un diseño negro elegante con mangas largas y un escote sutil que acentuaba sus curvas, le sentaba como una segunda piel, un regalo de las bolsas que el empleado había traído esa mañana. Ella se sentía transformada, lejos de su apartamento humilde con sus pijamas viejos y libros polvorientos cuando regresó a la sala, Kaiser, estaba sentado en el sofá de terciopelo con un libro en las manos, la observaba con ojos carmesí que devoraban cada movimiento.
Su mente calculadora lo impulsaba a poseerla por completo, no solo en cuerpo, sino deseando mucho más de la joven humana.
Se levantó con gracia felina, acercándose a ella.
—Quédate a vivir en el penthouse —dijo, su voz un mandato suave pe