Valentina, aún envuelta en la bata de seda que olía al jabón de Kaiser, se paseaba por la sala del penthouse, admirando las vistas panorámicas que hacían que la ciudad pareciera un juguete a sus pies.
Suspiró antes de regresar a la habitación y colocarse un vestido de Dior, corto hasta las rodillas y un diseño negro elegante con mangas largas y un escote sutil que acentuaba sus curvas, le sentaba como una segunda piel, un regalo de las bolsas que el empleado había traído esa mañana. Ella se se