En el bullicio incesante de la ciudad eterna, donde las luces de neón parpadeaban como estrellas caídas y el tráfico rugía como un río interminable, Valentina se encontraba en su viejo apartamento en el corazón del barrio obrero.
Ese edificio, era de los años 70 con paredes agrietadas y escaleras que crujían bajo el peso de los años, era su refugio precario. El ruido de la calle era una constante: cláxones impacientes, sirenas lejanas y el murmullo de peatones que se apresuraban bajo la lluvia fina. Para Valentina, era el sonido de la normalidad, un recordatorio de que su vida era un ciclo predecible de rutinas solitarias.
Esa noche, después de un día agotador en la biblioteca municipal, donde había clasificado pilas de libros polvorientos bajo la luz fluorescente y parpadeante, Valentina se movía por su pequeño espacio con un pijama viejo y descolorido. Era una prenda raída, de algodón suave pero gastado, con pantalones holgados y una camiseta que había visto mejores días.
Su cabell