En el bullicio incesante de la ciudad eterna, donde las luces de neón parpadeaban como estrellas caídas y el tráfico rugía como un río interminable, Valentina se encontraba en su viejo apartamento en el corazón del barrio obrero.
Ese edificio, era de los años 70 con paredes agrietadas y escaleras que crujían bajo el peso de los años, era su refugio precario. El ruido de la calle era una constante: cláxones impacientes, sirenas lejanas y el murmullo de peatones que se apresuraban bajo la lluvia