Ella dudó un segundo antes de encogerse de hombros, jugueteando con el tenedor.
—Yo quiero algo diferente. Algo que me saque de lo mismo de siempre —admitió, su voz ganando fuerza—. La biblioteca es segura, pero… asfixiante. Quiero sentirme viva.
Kaiser sonrió, lento, peligroso, revelando un atisbo de colmillos que ella atribuyó a la luz de las velas.
—Eso me parece suficiente —dijo, levantando su copa en un brindis silencioso.
La cena prosiguió en un baile de palabras y miradas cargadas, Valentina comió poco más, su apetito eclipsado por la electricidad en el aire. Kaiser la interrogó sobre sus lecturas favoritas, y ella mencionó novelas góticas, ironía que lo hizo sonreír internamente, y compartió anécdotas vagas de viajes por Europa, pintando un retrato de sí mismo como un hombre mundano, eterno en su elegancia, pero bajo la superficie, su mente calculaba: el pulso en su cuello, el calor de su piel, el aroma de su excitación residual del club y saber que ella pensaba en ese mom