El primer sonido que escuchó Vecka fue el pitido constante de una máquina. El segundo, el murmullo lejano de pasos y voces que se mezclaban con el olor del desinfectante.
Vecka parpadeó, intentando enfocar la luz blanca que la cegaba. Por un instante creyó seguir atrapada en una pesadilla, hasta que la voz cálida de Kian la trajo de vuelta.
—Amor… —susurró él, acercándose—. ¿Puedes oírme?
Vecka giró la cabeza lentamente. Los ojos grises de su esposo la miraban con una mezcla de alivio y mied