Para cuando Xylos cruzó las puertas de la habitación, Vecka permanecía sentada junto a la ventana, cubierta solo por una colcha ligera. Había pasado horas sin moverse, observando cómo los copos de nieve descendían con calma sobre los árboles que rodeaban la cabaña. Su respiración formaba un leve vapor que se mezclaba con la bruma del vidrio. No había dormido. No podía. El alfa rompió aquel silencio espeso, y su presencia llenó la estancia con un solo paso. Su figura alta se delineó contra la te