Kian miraba a su alrededor en donde la manada reía, bailaba, cantaba. Algunos lobos en forma humana jugaban con niños pequeños, otros competían en fuerza y velocidad. Era un ambiente que transmitía pertenencia, algo que él empezaba a sentir por primera vez en mucho tiempo, aunque fuera un humano. Sin embargo, la conversación cambió de tono cuando uno de los hombres se inclinó hacia él con una sonrisa ladeada.
—Aún me sorprende que el alfa te permita vivir con su luna —comentó con una voz carga