Vecka estaba sentada en el amplio ventanal de la habitación, con las rodillas recogidas y el rostro iluminado por la luz de la luna. Llevaba puesta una bata ligera, el cabello suelto cayéndole en ondas sobre los hombros. Había pasado buena parte de la tarde mirando el bosque, sin hacer nada, sin pensar en nada… o tratando de no pensar en él. En Xylos, pero el corazón era traidor, y cada latido la empujaba a recordarlo: su voz grave, su olor a bosque y fuego, la manera en que la abrazó aquella n