Xylos sintió el pulso de su miembro en la mano de Vecka, un latido que resonaba con el suyo propio, como si sus cuerpos ya supieran lo que sus mentes apenas empezaban a procesar.
—No te callaré —gruñó él, su voz ronca, cargada de promesas oscuras—. Pero te haré gritar.
Sus labios se apoderaron de los suyos en un beso voraz, sus dientes rozando el labio inferior de Vecka, tirando con suficiente fuerza para hacerla jadear, ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Xylos, ma