Vecka deslizó el brillo labial con cuidado, observando su reflejo en el espejo de cuerpo entero. El rojo suave realzaba el tono pálido de su piel inmortal, y por un instante se permitió admirarse sin culpa. No era vanidad; era reconocimiento.
Había muerto y vuelto a nacer, y aún le costaba acostumbrarse a la mujer que ahora le devolvía la mirada. Detrás de ella, Xylos estaba sentado en el borde de la cama, con los brazos apoyados sobre los muslos, el torso desnudo y la expresión pensativa. Su