Valentina ya tenía cuatro meses de embarazo, y su vientre comenzaba a notarse con claridad bajo el vestido ligero que llevaba puesto. No era aún pesado ni incómodo, pero sí lo suficientemente redondeado como para recordarle, a cada movimiento, que una vida crecía dentro de ella. Kaiser lo sabía también. Cada vez que posaba la mano sobre su vientre, lo hacía con una mezcla de asombro y reverencia, como si temiera que un gesto brusco pudiera romper aquel milagro improbable.
Se encontraban sentad