Iris abrió los labios, pero las palabras se negaron a abandonar su boca.
El peso implacable de las manos de Evander y la intensidad devoradora de su mirada la mantenían prisionera en una trampa de pura sumisión instintiva.
El aire entre ellos poseía una densidad intoxicante, una fuerza invisible que le adormecía las defensas racionales y le disparaba los latidos contra las costillas de una forma dolorosamente adictiva.
El magnetismo del Alpha era una sentencia de la que no quería escapar.
Él