El sonido de la traición no fue un grito,
fue el silencio sincronizado de mil respiraciones deteniéndose a la vez.
Seraphina miró a Caleb. El hombre que le había enseñado a su hermano a sostener un cuchillo, el Beta que había jurado protegerlos con su vida, ahora la miraba con ojos que eran pozos de petróleo. No había reconocimiento en su rostro curtido. Solo había el vacío hambriento de Draven.
—Corre, conejita —dijo Caleb, pero la voz era la del Rey Oscuro, resonando en su garganta con una di