La carretera se había convertido en una línea hipnótica de asfalto gris que cortaba la noche interminable, devorada con voracidad por los faros de la camioneta.
Llevaban horas en movimiento. El paisaje al otro lado del cristal había mutado drásticamente, los bosques densos y húmedos del sur, testigos de su huida, habían capitulado ante pinos esqueléticos y, finalmente, ante el dominio absoluto de la nieve. El aire que se filtraba por las juntas de las ventanillas ya no traía el aroma a lluvia y