La carretera se había convertido en una línea hipnótica de asfalto gris que cortaba la noche interminable, devorada con voracidad por los faros de la camioneta.
Llevaban horas en movimiento. El paisaje al otro lado del cristal había mutado drásticamente, los bosques densos y húmedos del sur, testigos de su huida, habían capitulado ante pinos esqueléticos y, finalmente, ante el dominio absoluto de la nieve. El aire que se filtraba por las juntas de las ventanillas ya no traía el aroma a lluvia y tierra, sino el mordisco estéril del hielo y el ozono.
Seraphina apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana del copiloto, buscando que la temperatura le entumeciera los pensamientos. Sus ojos bicolores ardían ante la fatiga de la vigilia, pero se negaba a rendirse al sueño. Sabía qué monstruos aguardaban detrás de sus párpados.
Si cerraba los ojos, la oscuridad del camino desaparecía. En su lugar, vería la cara desencajada de Caleb. Vería la negrura abismal de sus ojos poseídos. Veía