No hubo dolor al caer. No hubo impacto contra el suelo. Seraphina parpadeó, y el caos de la batalla, el barro y la sangre desaparecieron como si nunca hubieran existido. El aire no olía a peligro y miedo, sino a rosas negras, vino y cera derretida.
Estaba sentada.
Sus manos, que un segundo antes estaban manchadas de tierra, ahora descansaban sobre un mantel de lino negro, suave y fresco al tacto. Llevaba un vestido de terciopelo granate que dejaba sus hombros al descubierto, pesado y regio.
Lev