No hubo dolor al caer. No hubo impacto contra el suelo. Seraphina parpadeó, y el caos de la batalla, el barro y la sangre desaparecieron como si nunca hubieran existido. El aire no olía a peligro y miedo, sino a rosas negras, vino y cera derretida.
Estaba sentada.
Sus manos, que un segundo antes estaban manchadas de tierra, ahora descansaban sobre un mantel de lino negro, suave y fresco al tacto. Llevaba un vestido de terciopelo granate que dejaba sus hombros al descubierto, pesado y regio.
Levantó la vista.
Estaba en el gran comedor del Palacio de Ceniza. Una mesa larga de ébano se extendía ante ella, cubierta de candelabros de plata y manjares que parecían demasiado perfectos para ser reales. Frutas que brillaban como joyas, carnes asadas que humeaban.
Y en el otro extremo de la mesa, la esperaba él.
Draven.
El rey oscuro estaba recostado en su silla con una elegancia indolente, sosteniendo una copa de cristal tallado.
No llevaba armadura, ni las túnicas ceremoniales de su primera