La exigencia febril flotó en la penumbra, fracturando el aire.
Evander se quedó inmóvil. La proximidad de los labios de Iris, entreabiertos y suplicantes, era una tortura diseñada exlusivamente para desmantelar cualquier rastro de su estoicismo.
El espeso aroma a jazmín de la princesa saturaba sus sentidos. Era un canto de sirena que arrastraba a su propio lobo hacia el borde del precipicio.
El instinto primitivo rugía en su pecho, exigiéndole devorar la distancia y encadenarla a su invierno.