El olor a sangre caliente y metal oxidado llenó el aire gélido del bosque, pero había algo más debajo. Un aroma empalagoso, tan dulce como nauseabundo que hizo que la loba de Seraphina se erizara de terror instintivo.
Acónito. La perdición de los lobos.
Ronan se tambaleó. El hombre que hacía un minuto parecía un dios de la guerra indestructible, ahora se aferraba a los hombros de Seraphina, su peso masivo amenazando con aplastarla.
Su piel estaba tornándose de un gris ceniciento, y el sudor fr