Mundo de ficçãoIniciar sessãoKael Kessler lo perdió todo intentando descubrir quién asesinó a su padre. Siete años después, finalmente tiene un nombre: Dante Bellori, uno de los empresarios más poderosos de Miami. Cuando alguien intenta matar a Amara, la hija de Bellori, Kael ve la oportunidad perfecta. Bajo una identidad falsa, entra en la mansión familiar como su nuevo guardaespaldas con un único propósito: acercarse al hombre que ha jurado destruir. Lo que no estaba en sus planes era ella. Amara tiene una carrera, una relación estable y una vida que creía tener bajo control. Kael es solo el hombre que su padre ha contratado para mantenerla con vida. Al menos, eso es lo que ella cree. La atracción entre ambos es inmediata, brutal y peligrosa. Pero mientras Kael se acerca cada vez más a Amara, también se adentra en una familia llena de secretos, mentiras y cuentas pendientes que nunca debieron llegar hasta ellos. Porque alguien todavía quiere a Amara muerta. Y Kael tendrá que descubrir la verdad antes de que su sed de venganza termine destruyendo a la mujer que debía proteger. Él entró en su vida para destruir a su padre. Enamorarse de ella podría destruirlos a los dos.
Ler mais[KAEL]
La primera vez que entro en casa de Dante Bellori llevo un arma, un apellido que no me pertenece y siete años imaginando qué haré cuando finalmente lo tenga delante.
Aun así, el guardia de la entrada me recibe con una sonrisa.
—Señor Brenner. Bienvenido.
Asiento mientras la verja comienza a abrirse frente al automóvil. El nombre aparece también en la autorización temporal que han colocado sobre el tablero: KAEL BRENNER.
Lo observo apenas un segundo. He tenido identidades falsas antes. Algunas duraron horas; otras, meses. Aprendí hace mucho que una mentira funciona mejor cuando contiene suficiente verdad como para no tener que recordarla constantemente. Por eso conservé mi nombre. El resto de Kael Brenner puede arder cuando termine aquí.
Avanzo por el camino privado que conduce hasta la residencia. Palmeras, robles y vegetación tropical aíslan la propiedad de las casas vecinas, y durante varios segundos apenas puedo ver otra cosa que el camino de piedra clara extendiéndose frente a mí.
He visto este lugar cientos de veces en fotografías aéreas, registros de propiedad, imágenes tomadas desde el agua e incluso planos antiguos que dejaron de ser útiles después de una remodelación. Sin embargo, nunca había cruzado la verja hasta hoy.
Son poco más de las cuatro de la tarde y el sol de marzo todavía cae con fuerza sobre Cocoplum. El cielo está despejado, la temperatura es agradable para Miami y una brisa que llega desde la bahía mueve las copas de las palmeras. Parece una tarde demasiado perfecta para entrar en la casa del hombre al que llevo años buscando.
Aparco frente a la entrada principal y apago el motor. No necesito repetirme por qué estoy aquí. Lo recuerdo cada vez que cierro los ojos.
Un hombre me espera bajo la sombra del pórtico cuando salgo del automóvil. Debe rondar los cincuenta y cinco, lleva traje gris a pesar del calor y un auricular transparente desaparece detrás de su oreja derecha. Lo reconozco antes de que extienda la mano.
—Brenner. Marcus Mercer.
—Director de seguridad.
Su mano permanece suspendida una fracción de segundo antes de que la estreche.
—Veo que hizo su tarea.
—Me gusta saber con quién voy a trabajar.
—Espero que también sepa seguir instrucciones.
—Cuando tienen sentido.
Mercer me estudia y comprendo que ya no le gusto. Eso ha sido rápido.
Entramos.
El interior de la residencia me obliga a reajustar la imagen que había construido de Dante Bellori. Esperaba algo más ostentoso, quizá porque resulta sencillo imaginar que un hombre poderoso necesita exhibir su poder. En cambio, encuentro piedra clara, madera natural, techos altos y enormes ventanales abiertos visualmente hacia el jardín y la bahía.
Hay dinero en cada metro de esta casa, pero nada parece necesitar anunciar cuánto costó. Eso me dice más sobre Bellori que cualquier lámpara de cristal.
—El señor Bellori está terminando una llamada —dice Mercer mientras avanzamos—. Quiere verlo antes de que comience formalmente.
—Perfecto.
—Mientras tanto, vamos a repasar el protocolo.
—Ya lo recibí.
—Y yo voy a repasarlo de todas formas.
Lo miro de reojo.
—Empiezo a entender por qué lleva tanto tiempo trabajando aquí.
No sonríe.
Atravesamos un corredor y llegamos a una sala con vista al jardín posterior. Desde aquí distingo la piscina, parte del muelle y tres hombres de seguridad en posiciones diferentes. Son demasiados para una tarde cualquiera.
—Su prioridad absoluta es la señorita Bellori —comienza Mercer—. Cuando salga de esta propiedad, usted estará con ella. Sin excepciones. Mientras permanezca aquí, el equipo de la residencia mantiene el perímetro, pero usted continúa siendo responsable de su seguridad personal.
—¿Nivel de amenaza?
—Alto.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que puedo darle.
Me acerco a uno de los ventanales. Hay cámaras cubriendo los accesos laterales y al menos dos ángulos sobre el muelle.
—¿La policía sigue involucrada?
Mercer tarda demasiado en contestar.
—El señor Bellori responderá cualquier pregunta relacionada con el incidente.
Incidente. Es una elección interesante de palabra, aunque no hago ningún comentario.
—¿Ella está de acuerdo con todo esto?
Esta vez aparece algo parecido a una sonrisa en su cara.
—No.
—¿Debo preocuparme?
—Yo lo haría.
Unos pasos resuenan en el corredor antes de que pueda preguntarle algo más. Mercer mira hacia la puerta y yo hago lo mismo.
Entonces la veo.
Durante los últimos meses he observado suficientes fotografías de Amara Bellori como para creer que su cara no puede sorprenderme. Me equivoco. En las fotografías es hermosa; frente a mí resulta difícil decidir dónde mirar primero.
Lleva pantalones color crema de cintura alta y una blusa negra sin mangas que deja sus hombros al descubierto. Su piel es tan clara que el contraste con el cabello oscuro resulta casi excesivo. Lo lleva suelto, cayéndole por debajo de los hombros, y durante un instante entiendo perfectamente por qué alguien podría describirla como una muñeca de porcelana.
Hasta que levanta los ojos.
Son verdes, intensos y absolutamente incompatibles con cualquier idea de fragilidad.
Se detiene al descubrirnos y su atención pasa primero por Mercer antes de llegar hasta mí. No aparta la mirada cuando nuestros ojos se encuentran. Tampoco intenta disimular mientras me observa de arriba abajo con una lentitud que sería insolente si no fuera tan deliberada.
Mi cuerpo responde antes que mi sentido común y no es algo que agradezca.
—No.
Mercer exhala.
—Amara...
—Dije que no.
Su voz es más grave de lo que esperaba, femenina sin ser dulce, y lleva suficiente irritación para dejar claro que esta discusión comenzó mucho antes de que entrara en la habitación.
—Tu padre quiere que...
—Sé lo que quiere mi padre. Lleva toda la mañana diciéndomelo.
Entonces vuelve a mirarme.
Estamos lo bastante cerca para que pueda distinguir pequeñas motas doradas alrededor del verde de sus iris y percibir su perfume. No debería notar ninguna de las dos cosas.
—¿Y tú quién eres?
Mercer abre la boca.
—Kael Brenner.
Amara ni siquiera lo mira.
—Le pregunté a él.
La comisura de mi boca amenaza con moverse.
—Kael Brenner.
—¿Seguridad?
—Protección ejecutiva.
—Guardaespaldas.
—Si prefiere llamarlo así.
—No prefiero llamarlo de ninguna manera porque no lo necesito.
—Eso tendrá que discutirlo con quien me contrató.
Sus cejas se elevan.
—¿Siempre eres así de agradable?
—Todavía no he empezado a trabajar.
Esta vez sí sonríe, apenas, pero es suficiente para empeorar considerablemente mi primera impresión de ella.
Amara Bellori debería ser un nombre, un acceso y una responsabilidad temporal. Nada más. No debería estar preguntándome cómo se verá cuando sonría de verdad.
—Amara.
La voz masculina llega desde el corredor y algo dentro de mí se endurece antes incluso de girarme.
La conozco. La he escuchado en entrevistas, conferencias, grabaciones corporativas y conversaciones obtenidas de formas que sería mejor no explicar, pero nunca a menos de diez metros.
Dante Bellori entra en la sala.
Tiene sesenta y cuatro años, el cabello gris perfectamente cortado, una camisa blanca sin corbata y pantalón oscuro. Se mueve sin prisa, como alguien acostumbrado a que las personas esperen por él.
Durante años he imaginado este encuentro. En ninguno de esos escenarios Dante Bellori parecía tan normal.
Sus ojos pasan por Mercer, se detienen brevemente en Amara y finalmente llegan hasta mí. Busco alguna señal de reconocimiento, por mínima que sea, pero no encuentro ninguna. Es exactamente lo que necesitaba ver.
—Señor Brenner.
—Señor Bellori.
Camina hacia mí y extiende la mano. La estrecho y descubro un apretón firme, una temperatura normal y una expresión cordial. He pensado demasiadas veces en esa mano, en los documentos que pudo firmar, las llamadas que pudo realizar y las órdenes que quizá dio una noche hace siete años.
Ahora la tengo entre la mía y no siento nada de lo que esperaba.
—Gracias por venir con tan poca anticipación —dice.
—Es parte del trabajo.
—A partir de hoy, el trabajo es mi hija.
Amara cruza los brazos.
—Me encanta cómo todos hablan de mí como si no estuviera presente.
Dante no responde a la provocación.
—Quiero protección permanente hasta que entendamos qué ocurrió.
Algo en la frase me llama la atención. No dice hasta que sepamos quién fue, sino hasta que entendamos qué ocurrió. Archivo la diferencia para después.
—No voy a vivir con un hombre siguiéndome a todas partes —protesta Amara.
—Anoche pudieron matarte.
La habitación cambia.
El desafío no desaparece de su rostro, pero veo lo que intenta esconder debajo. Dura poco, quizá un segundo, y es suficiente para reconocer el miedo antes de que vuelva a enterrarlo.
—Pero no lo hicieron —responde.
—Y pienso asegurarme de que no tengan una segunda oportunidad.
—Encerrarme aquí tampoco va a evitarlo.
—No estás encerrada. Puedes ir donde quieras.
Amara señala en mi dirección sin mirarme.
—Con él.
—Con Brenner.
Ahora sí me mira.
—¿Y qué ocurre cuando quiera estar sola?
Dante guarda silencio y ella suelta una risa sin humor.
—Eso imaginé.
Pasa junto a mí camino a la puerta y su brazo roza el mío. El contacto es mínimo, accidental y debería ser absolutamente irrelevante. Sin embargo, la sensación permanece sobre mi piel varios segundos después de que se aparta, y eso me irrita mucho más de lo razonable.
No he entrado en esta casa para sentir nada por Amara Bellori. Ni siquiera curiosidad.
—Tengo una cena esta noche —dice ella desde la puerta.
—Cancélala.
—No.
—Entonces Brenner va contigo.
Amara vuelve la cabeza.
—¿Él?
—Él.
Sus ojos recorren mi cuerpo otra vez y esta vez sé que lo hace para provocarme.
—Perfecto. Salimos a las ocho.
Desaparece por el corredor.
Mercer evita mirarme. Dante no.
—Mi hija no está acostumbrada a pedir permiso.
—No necesita pedírmelo. Solo necesito saber dónde está.
—Eso puede ser más difícil de lo que parece.
—He trabajado con personas difíciles.
Una sombra de sonrisa cruza su rostro.
—Amara no es difícil, señor Brenner. Amara está acostumbrada a ser libre.
Por primera vez desde que entró, percibo algo genuino en su voz. Preocupación, quizá miedo. No combina bien con el hombre que llevo años imaginando.
—Mercer le enseñará su habitación —continúa—. Mientras exista una amenaza contra ella, quiero que permanezca en la propiedad cuando Amara duerma aquí.
No estaba en las condiciones que recibí.
—¿Quiere que viva en la casa?
—Temporalmente. ¿Representa algún inconveniente?
Vuelvo la vista hacia el corredor. Desde aquí puedo ver la puerta cerrada de lo que probablemente sea su despacho. Más allá hay otra escalera, un acceso lateral y suficiente movimiento de personal como para que en una semana pueda aprender más sobre esta familia de lo que he conseguido averiguar en meses.
Dante Bellori acaba de ofrecerme una habitación dentro de su propia casa.
—Ninguno.
—Excelente.
Se despide con un movimiento de cabeza y se marcha.
Mercer comienza a explicarme la distribución de las habitaciones destinadas al personal de seguridad y los protocolos nocturnos. Lo sigo, escuchando lo suficiente para no tener que preguntarlo después, pero al llegar a las escaleras miro una última vez hacia el lugar por el que Dante ha desaparecido.
Han pasado siete años siguiendo nombres, empresas, transferencias y rumores, esperando una oportunidad que en algunos momentos pensé que jamás llegaría. Ahora voy a dormir bajo su techo, conocer sus horarios, sus visitas y sus costumbres. Voy a descubrir qué puertas mantiene cerradas y quién entra en esta casa cuando cree que nadie está mirando.
Y, por alguna razón que todavía no comprendo, voy a pasar prácticamente cada hora del día junto a su hija.
El teléfono vibra dentro de mi bolsillo. No necesito mirarlo para recordar el único mensaje que nunca he conseguido borrar. Llegó siete años atrás, minutos después de que encontraran el cuerpo de mi padre sobre el pavimento, enviado desde un número que dejó de existir esa misma noche.
Nunca supe quién lo escribió, pero recuerdo cada palabra.
Pregúntale a Dante Bellori por qué murió.
Durante siete años tuve que buscar la forma de acercarme lo suficiente para obtener esa respuesta. Ahora Dante Bellori acaba de abrirme la puerta de su casa, ha puesto a su hija bajo mi protección y me ha invitado a quedarme.
Si supiera que Kael Brenner no existe, probablemente no estaría sonriendo.
Mi verdadero apellido es Kessler, y he venido a descubrir por qué mi padre tuvo que morir.
LA MESA EQUIVOCADA[AMARA]Luca tarda exactamente seis minutos en preguntarme si estoy haciendo esto para molestar a mi padre.—No.—Amara.—No todo lo que hago tiene como objetivo atormentar a Dante Bellori.Aparta la vista de la ventana y me observa desde el asiento trasero. Kael conduce, aunque mi padre tiene suficientes choferes como para que todavía no entienda por qué mi nuevo guardaespaldas necesita hacer también ese trabajo. Según él, cuantas menos personas intervengan en mis desplazamientos durante los próximos días, mejor.Según yo, todos se han vuelto paranoicos.—¿Quieres que te recuerde que hace menos de veinticuatro horas alguien intentó matarte? —pregunta Luca.—No hace falta. Tengo un corte en el brazo, tres llamadas perdidas de la policía y un hombre armado viviendo en mi casa. Difícil olvidarlo.Los ojos de Kael se mueven hacia el retrovisor.—¿Algo que añadir, Brenner?—No.—Estabas mirando.—Es un espejo. Para eso sirve.Luca sonríe.—Ahora entiendo por qué te cae
BAJO EL MISMO TECHO[KAEL]A las cinco y doce de la tarde ya conozco tres formas de entrar en la casa de Dante Bellori sin utilizar la puerta principal.No porque esté buscándolas. Al menos, no oficialmente.Mercer lleva casi una hora mostrándome la propiedad y, mientras él habla de cámaras, sensores y protocolos de emergencia, yo hago lo que aprendí mucho antes de convertirme en el hombre al que Dante Bellori acaba de confiarle la vida de su hija: observo.La residencia tiene dos accesos terrestres, uno principal y otro destinado al personal, proveedores y determinados vehículos de servicio. El perímetro posterior termina en el agua, donde un muelle privado añade una tercera posibilidad que el sistema intenta compensar con cámaras térmicas y sensores de movimiento.La seguridad es buena. Muy buena, en realidad. Pero ningún sistema es perfecto, especialmente cuando una de las personas que vive dentro está acostumbrada a entrar y salir sin informar a nadie.—¿Alguna pregunta? —pregunta
SIETE SEGUNDOS[AMARA]Siete segundos. Eso es todo lo que separa una noche normal de la certeza de que alguien quiere matarme.—Señorita Bellori.Levanto la vista del teléfono cuando Javier pronuncia mi nombre desde el asiento delantero. El automóvil acaba de detenerse frente a la entrada privada del edificio y, durante un instante, no entiendo por qué me mira a través del retrovisor.—¿Qué?—Llegamos.Miro por la ventanilla y reconozco el acceso iluminado de la torre. Son casi las once de la noche y Brickell todavía parece incapaz de decidir si el lunes terminó o si simplemente debe continuar hasta convertirse en martes. Hay tráfico sobre la avenida, luces encendidas en edificios que deberían estar durmiendo y suficiente humedad en el aire para empañar ligeramente el cristal cuando abro la puerta.—Perdón. Estaba leyendo un correo.Javier sonríe.—Eso nunca termina.—No si trabajas con mi padre.Salgo antes de que pueda abrirme la puerta. No necesito chofer, pero después de dos copas
LA PUERTA ABIERTA[KAEL]La primera vez que entro en casa de Dante Bellori llevo un arma, un apellido que no me pertenece y siete años imaginando qué haré cuando finalmente lo tenga delante.Aun así, el guardia de la entrada me recibe con una sonrisa.—Señor Brenner. Bienvenido.Asiento mientras la verja comienza a abrirse frente al automóvil. El nombre aparece también en la autorización temporal que han colocado sobre el tablero: KAEL BRENNER.Lo observo apenas un segundo. He tenido identidades falsas antes. Algunas duraron horas; otras, meses. Aprendí hace mucho que una mentira funciona mejor cuando contiene suficiente verdad como para no tener que recordarla constantemente. Por eso conservé mi nombre. El resto de Kael Brenner puede arder cuando termine aquí.Avanzo por el camino privado que conduce hasta la residencia. Palmeras, robles y vegetación tropical aíslan la propiedad de las casas vecinas, y durante varios segundos apenas puedo ver otra cosa que el camino de piedra clara e





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