Marta volteó a ver quien la llamaba, no se le hacía conocida aquella voz.
—¡Rubén! —murmuró mientras el apuesto médico se acercaba a ella.
—¿A dónde vas? —preguntó al mismo tiempo que se quitaba la bata blanca y la coloca en su antebrazo.
—Voy por un taxi —respondió ella.
—Si quieres puedo llevarte, ya terminé mi guardia. —dijo mostrando una sonrisa perfecta, de esas a la que es imposible resistirse y darle un ¡No!
—En verdad, te lo agradecería. Estaba llamando a mi prometido, pero no me co