—¡No, no puede ser! —Marta se quebró frente a su empleada.
—Por favor, tiene que calmarse. Aún no se sabe lo que ha pasado. Si desea puedo encender la TV para ver el noticiero de la tarde.
Marta asintió con desesperación, se sentó en la orilla de la cama con la vista fija en la pantalla de 52 pulgadas que adoraban la pared lateral de la pared.
“No Dios, Laura no puede estar muerta” se dijo en silencio a sí misma. Una afirmación que más que una afirmación era una súplica.
La empleada tomó el