99. Ruego
Roberto Abad Rocamonte
El motor rugía como una bestia desatada bajo mis manos. No veía nada más que la carretera frente a mí, borrosa por la velocidad y por el miedo que me atenazaba el pecho. El corazón me golpeaba tan fuerte que sentía que en cualquier momento me reventaría dentro del cuerpo.
El GPS seguía marcando el mismo punto.
No se movía.
Dios… no se movía.
El sudor me corría por la frente mientras apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Cada segundo