100. Su suegro

Roberto Abad Rocamonte

El hospital olía a desinfectante y ansiedad. Caminé hasta el mostrador con el corazón latiendo a mil. Apenas podía pensar con claridad, solo repetía su nombre en mi cabeza como si eso bastara para mantenerla a salvo.

—Lilian Caballero —dije con la voz ronca—. Tuvo un accidente hace un rato, ¿en qué habitación está?

La enfermera tecleó unos segundos en la computadora y me miró con una sonrisa profesional.

—Habitación 214, segundo piso. Aún están haciéndole estudios, señor.
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