9. Tres meses después I
Roberto Abad Rocamonte
En el camino hacia el bar de la casa, la inconfundible figura de Katherine apareció frente a mí. Llevaba ese vestido entallado que usaba para seducir a Arturo, y en sus labios se dibujó una sonrisa envenenada, de esas que no significan alegría, sino un reto.
Me detuve a un metro de ella, clavando mis ojos en los suyos.
—Vaya, no pensé que tendrías el descaro de venir a la fiesta de mi sobrina —dije con una ironía que goteaba veneno.
La sonrisa desapareció de inmediato, y