47. ¡Ayuda!

La seguí por un pasillo estrecho hasta llegar a una oficina pequeña, casi un cuarto improvisado. Había un escritorio viejo, papeles apilados y un teléfono fijo de botones amarillos. La mujer cerró la puerta y fue hacia un pequeño clóset de madera.

Sacó una chamarra delgada, de esas que ya han visto muchos inviernos, y la puso sobre el escritorio.

—Póntela —me dijo con tono maternal—. Todo mundo se te queda viendo. Por aquí pasa mucha gente, la mayoría hombres camioneros que vienen de paso.

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