8. Una damisela en apuros
Ana Paula Lago
El señor Roberto recogió mi celular del suelo. Vi cómo sus cejas se fruncieron al leer el mensaje de la madre de Carlos; ese veneno escrito con frialdad que acababa de destrozarme. Cerró la pantalla y, sin decir palabra, se inclinó hacia mí.
Me levantó en brazos con una facilidad que me hizo sentir pequeña, frágil, como si no pesara nada. Yo apenas podía reaccionar, estaba en shock, ida. ¿Dónde viviría ahora? Todo lo que era mío… todo lo que era nuestro… se desmoronaba en un inst