La mañana entraba por los ventanales de la sala con cortinas de encaje, tiñendo el espacio de un dorado suave. El aroma a café recién hecho y pan caliente recién horneado flotaba en el aire, pero nadie prestaba atención al desayuno. Sabrina, de pie junto al sofá de cuero natural, jugueteaba con el borde de su suéter beige mientras observaba a Ana acomodar cojines y a Laura, sentada en el suelo, dibujando con crayones. El reloj de pared marcaba las 9:17 a.m., y el silencio solo se rompía con el