El viento cargado de smog azotó el rostro de Erick al salir del hospital. Apretó el vendaje bajo su camisa negra, sintiendo la cicatriz que le cruzaba el costado como un recordatorio de fuego. Antonio esperaba junto a la Range Rover, hablando por el teléfono con voz tensa.
—Nada —masculló al colgar—. Los Halcones rastrearon hasta Tumbes, pero Sandoval desapareció.
Erick asintió, mirando el edificio de Sandoval Industries que se alzaba en el horizonte. En el piso 42, sabía que Catalina estar