Los guardias lograron alcanzarla mientras intentaba huir, una vez la capturaron, arrastraron a Lorena por el camino de gravilla, sus rodillas sangrando mientras intentaba resistirse. El jefe de seguridad, un hombre corpulento con tatuajes de calaveras en los nudillos, la soltó bruscamente en el vestíbulo de la mansión Sandoval.
—¡Suéltenme, imbéciles! —gritó Lorena, manchando con la sangre de sus rodillas el suelo de mármol—. ¡Soy la madre del heredero de los Sandoval! ¡Tratenme con respeto!
El