Hace horas habían llegado a casa, Catalina necesitaba distraerse, no quería seguir siendo consumida por tanto dolor. Sugirió a Erick que bebieran, que lo hicieran hasta que olvidarán su propio nombre. Él no estaba muy seguro de que fuera una buena idea, pero finalmente cedió.
La botella de vodka reposaba entre ellos como un testigo mudo. Catalina balanceaba las piernas sobre la barandilla del balcón, mirando cómo las luces de la ciudad titilaban bajo la neblina, al menos ya no llovía. El pijama