El sonido de la llave en la cerradura hizo que Catalina alzara la vista de la pasta fresca que extendía sobre el agua hirviendo. La masa fresca aún conservaba las huellas de sus dedos. Pochito, con el hocico manchado de comida húmeda, maulló al ver a Erick entrar tambaleándose.
—¡Dios mío! —Catalina corrió hacia él, dejando un reguero de harina en el piso—. ¿Qué te hicieron?
Erick intentó sonreír, pero el labio partido le ardía. Sangre seca le cubría la barbilla, y el ojo izquierdo empezaba