Diez años habían pasado desde que Isabella y Ethan se fueron tomados de la mano. La mansión Blackwood ya no era la misma, aunque seguía luciendo imponente. Los jardines estaban más salvajes, las risas de los niños llenaban los pasillos, y el invernadero se había convertido en un lugar casi sagrado.
Sophia, que ahora tenía treinta y dos años, era la única que entraba sola al invernadero todas las noches del aniversario. Esa noche, como siempre, las luces se encendieron solas a las doce en punto.