La mansión estaba en silencio absoluto.
Solo se escuchaba el leve crepitar de la chimenea en la habitación principal y la respiración entrecortada de Isabella.
Ethan la tenía contra la pared, con una mano sujetando sus muñecas por encima de su cabeza y la otra bajando lentamente por su cuerpo. El vestido negro que llevaba ya estaba rasgado desde el escote hasta la cadera. Sus ojos grises brillaban con esa mezcla de posesión y algo más profundo que ya no intentaba ocultar.
—Esta es la última noche que te trataré como si fueras mi enemiga —dijo con voz ronca, rozando sus labios contra los de ella—. Mañana todo cambia. Mañana empiezas a ser mi esposa de verdad… si tú quieres.
Isabella respiraba agitada, el pecho subiendo y bajando rápidamente.
—¿Y si no quiero? —preguntó, aunque su cuerpo ya se arqueaba hacia él.
Ethan sonrió con esa sonrisa peligrosa que todavía le erizaba la piel.
—Entonces te dejaré ir. Pero antes… voy a darte una razón para que te quedes.
La besó con fuerza. No fue un beso suave. Fue hambriento, casi desesperado. Su lengua invadió su boca mientras su mano libre subía por su muslo, apartando lo que quedaba del vestido. Cuando sus dedos rozaron su centro ya húmedo, Isabella dejó escapar un gemido ahogado.
—Tan mojada… —gruñó él contra sus labios—. Incluso ahora, después de todo, tu cuerpo sigue eligiéndome.
Isabella tiró de sus muñecas, pero Ethan no la soltó.
—Suéltame —pidió ella.
—No —respondió él, introduciendo dos dedos dentro de ella con lentitud tortuosa—. Esta noche mando yo por última vez.
Movió los dedos con maestría, curvándolos exactamente donde sabía que la volvía loca. Isabella jadeó, sus caderas moviéndose por voluntad propia contra su mano.
—Ethan…
—Dilo —exigió él, mordiendo su cuello—. Dime que me odias mientras te corres en mis dedos.
—Te odio… —gimió ella, sintiendo cómo el placer subía rápido—. Te odio… y te amo… maldito seas.
El orgasmo la golpeó con fuerza. Isabella se estremeció violentamente, gritando su nombre mientras sus paredes internas se contraían alrededor de sus dedos. Ethan no se detuvo hasta que ella quedó temblando, casi sin fuerzas.
Solo entonces la soltó.
Isabella apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que Ethan la levantara y la llevara hasta la cama. La dejó caer sobre las sábanas y se colocó sobre ella, desnudándose con movimientos rápidos.
Cuando entró en ella, lo hizo de un solo empujón profundo. Ambos gimieron al unísono.
Esta vez no fue solo sexo.
Fue una despedida al odio y un comienzo a algo nuevo.
Ethan se movía con fuerza, pero también con una intensidad emocional que Isabella nunca había sentido tan claramente. Cada embestida parecía decir “quédate”, “te amo”, “no te vayas”.
—Quédate conmigo —gruñó contra su oído mientras aceleraba el ritmo.
—Estoy aquí —jadeó ella, clavando las uñas en su espalda—. Estoy aquí… y me quedo.
El segundo orgasmo llegó casi al mismo tiempo. Isabella gritó, su cuerpo arqueándose contra el de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gemido ronco, abrazándola con tanta fuerza que casi le dolía.
Se quedaron unidos, sudorosos y exhaustos.
Ethan apoyó su frente contra la de ella, respirando agitado.
—Mañana rompo el contrato —susurró—. Mañana empiezas a elegir. Pero esta noche… esta noche todavía eres mía.
Isabella lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cuello.
—Esta noche… y todas las noches que vengan —respondió en voz baja.
Fuera, la lluvia empezaba a caer sobre la mansión.
Dentro, el enemigo y la mujer que juró destruirlo acababan de sellar un pacto silencioso.
El odio había terminado.
Ahora solo quedaba ver si el amor era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a todo lo que aún estaba por venir.