Dos meses después, “La Rosa Blanca” ya no era solo un espacio dentro de la mansión. Se había convertido en un refugio real para decenas de personas que cargaban historias complejas de amor y dolor.
Sophia había aprendido a dosificar su energía. Ya no intentaba salvar a todos. Ahora escuchaba, acompañaba y, cuando era necesario, decía verdades difíciles.
Pero había una persona que no lograba sacar de su cabeza: Rafael.
El hombre regresó por cuarta vez. Esta vez no llegó con arrogancia ni con whi