Veinticinco años después
La mansión Blackwood ya no era solo una casa grande y oscura.
Era un hogar vivo, lleno de historia, de cicatrices curadas y de generaciones que habían nacido del fuego.
Isabella estaba sentada en su lugar favorito: el viejo balcón del segundo piso, con una manta ligera sobre las piernas y una taza de té en las manos. Tenía el cabello completamente plateado, pero sus ojos verdes seguían siendo los mismos: intensos, valientes y llenos de vida.
A lo lejos, en el jardín, su