Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz del amanecer se filtraba tímidamente a través de las cortinas oscuras de la habitación principal.
Isabella abrió los ojos lentamente. Su cuerpo todavía sentía las consecuencias de la noche anterior: los músculos doloridos, las muñecas ligeramente marcadas por las corbatas de seda y una sensibilidad entre las piernas que le recordaba cada embestida, cada orgasmo arrancado a la fuerza. Ethan seguía durmiendo a su lado. Su brazo pesado descansaba sobre su cintura, sujetándola contra su pecho como si incluso en sueños temiera que escapara. Su respiración era profunda y regular, el rostro relajado por primera vez desde que lo conocía. Sin la máscara fría y cruel, parecía casi… humano. Isabella lo observó en silencio. Las cicatrices en su torso contaban historias que ella no conocía. ¿Quién le había hecho esas marcas? ¿Qué había vivido Ethan Blackwood antes de convertirse en el monstruo que destruyó a su familia? Con mucho cuidado, intentó apartarse. Pero en cuanto se movió, el brazo de Ethan se tensó y la atrajo más cerca. —No —murmuró él con voz ronca y somnolienta, sin abrir los ojos—. Quédate. Isabella se quedó quieta, con el corazón latiendo fuerte. El calor de su piel contra la suya era reconfortante y aterrador al mismo tiempo. Después de la brutalidad de la noche anterior —las ataduras, las súplicas, los orgasmos que la habían dejado rota—, esta ternura inesperada la desarmaba más que cualquier orden. —Ethan… —susurró. Él abrió los ojos lentamente. Esos iris grises la miraron con una intensidad que le quitó el aliento. —Dime que anoche no significó nada —dijo ella en voz baja—. Dime que solo fue sexo. Que sigo siendo tu prisionera y nada más. Ethan se incorporó sobre un codo y la miró fijamente. Su mano subió hasta acariciar su mejilla con una suavidad que contrastaba brutalmente con la forma en que la había follado la noche anterior. —No puedo decirte eso —respondió con honestidad cruda—. Porque anoche sí significó algo. Para mí también. Isabella sintió que se le formaba un nudo en la garganta. —No mientas. Tú solo quieres destruirme. Vengarte de mi padre a través de mí. Ethan soltó una risa amarga y se sentó en la cama, pasándose una mano por el cabello negro revuelto. —Al principio sí. Cuando te descubrí en la fiesta, solo quería romperte. Hacerte pagar por lo que Alexander Morgan intentó hacerme. Pero luego… te vi. Tu valentía. Tu odio puro. Tu forma de mirarme como si quisieras matarme y besarme al mismo tiempo. Y algo cambió. Se levantó de la cama completamente desnudo y caminó hasta la ventana. La luz del amanecer delineaba su cuerpo poderoso. —Tu padre no solo intentó robarme dinero, Isabella. Intentó matarme. Traicionó un acuerdo que teníamos desde hacía años. Mató a mi hermano menor para enviarme un mensaje. Yo respondí destruyendo todo lo que tenía. Incluyéndolo a él. Isabella se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana. Las lágrimas le quemaban los ojos. —Mi padre nunca habría matado a nadie. Era un hombre de negocios, no un criminal como tú. Ethan se giró hacia ella. Su expresión era dura, pero había dolor en sus ojos. —Tu padre era un hombre de negocios que se metió en mi mundo y quiso jugar sucio. Yo no empecé esta guerra, Isabella. Pero la terminé. El silencio que cayó entre ellos fue pesado. Isabella sintió que el mundo se tambaleaba. Todo lo que había creído durante cinco años —que Ethan era el monstruo sin corazón que ordenó la muerte de su padre por puro capricho— empezaba a resquebrajarse. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó con voz temblorosa. —Porque quería que me odiaras —admitió Ethan—. El odio era más fácil. Más limpio. Pero anoche, cuando estabas atada debajo de mí, suplicando… vi algo en tus ojos. Y me di cuenta de que ya no solo quiero tu odio. Quiero todo de ti. Se acercó a la cama y se sentó en el borde. Tomó una de sus manos y la sujetó entre las suyas. —Este contrato… el matrimonio… no lo hice solo por venganza. Lo hice porque no podía dejarte ir. Porque desde esa noche en la fiesta, supe que eras la única mujer que podía igualarme. La única que no se doblegaba. Isabella retiró su mano bruscamente. —No me hagas esto —susurró—. No conviertas mi venganza en algo… complicado. No quiero sentir nada por ti. Ethan sonrió con tristeza. —Demasiado tarde, ¿no crees? Se inclinó y la besó. No fue el beso dominante y castigador de siempre. Fue lento, profundo, casi dolorosamente tierno. Sus labios se movieron contra los de ella con una suavidad que la desarmó por completo. Isabella cerró los ojos y, por primera vez, respondió sin luchar. Sus manos subieron hasta el cuello de él, atrayéndolo más cerca. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. —Te odio —susurró Isabella contra sus labios. —Lo sé —respondió Ethan—. Pero también me deseas. Y eso te está matando por dentro. Se levantó y comenzó a vestirse. —Hoy no tienes que acompañarme a la oficina. Quédate en la mansión. Piensa en todo lo que te he dicho. Pero esta noche… esta noche volverás a mi cama. Sin ataduras. Sin órdenes. Solo tú y yo. Y veremos qué queda del odio cuando no haya nada que nos separe. Salió de la habitación sin esperar respuesta. Isabella se quedó sola, abrazando sus rodillas contra el pecho. Las lágrimas que había estado conteniendo cayeron libremente. Todo lo que había construido durante cinco años —su plan de venganza, su odio puro, su determinación de destruirlo— se estaba derrumbando. Ethan no era solo el monstruo que imaginaba. Era un hombre herido, peligroso y obsesionado con ella. Y lo peor de todo: ella empezaba a verlo como algo más que su enemigo. Se levantó y caminó hasta el vestidor. Mientras se ponía una bata, su mirada cayó sobre su teléfono —el que Ethan le había devuelto bajo estricta supervisión—. Había un mensaje sin leer de un número desconocido. “Isa, soy Camila. Necesito hablar contigo urgentemente. Algo pasó con papá antes de morir. No es lo que crees. Llámame cuando puedas. Te quiero.” Isabella sintió que el mundo se detenía. ¿Su hermana sabía algo? ¿Había información que ella desconocía sobre la muerte de su padre? Miró hacia la puerta por donde Ethan había salido. El hombre que acababa de besarla con ternura era el mismo que había destruido su familia. Pero ahora… ya no estaba segura de quién era el verdadero villano en esta historia. Se sentó en la cama y miró el teléfono en su mano. Por primera vez desde que firmó el contrato, Isabella Morgan —ahora Blackwood— tenía una decisión real que tomar. Llamar a su hermana y descubrir la verdad… o seguir hundiéndose en el fuego que Ethan Blackwood había encendido en ella. Y ninguna de las dos opciones parecía segura.






