El asfalto de la autopista de la Columbia Británica ya no retenía el crujido de la grava congelada; ahora devolvía un siseo constante, el rumor líquido de los neumáticos del autobús abriéndose paso a través de los charcos profundos que el deshielo dejaba en el centro de la calzada. La noche se había asentado sobre el valle con la pesadez de una lona mojada, borrando los perfiles de los abetos Douglas hasta transformarlos en una muralla negra e ininterrumpida que flanqueaba la ruta hacia el sur.