La oscuridad del laboratorio subterráneo parecía cerrarse sobre nosotros como un sudario de plomo. El aire, saturado de ozono y el olor acre de químicos industriales, se volvía casi imposible de respirar mientras los sistemas de emergencia de la Orden parpadeaban en un rojo violento. Marcus estaba de pie frente a los restos de la cápsula, con los hombros de veinte pulgadas tensos bajo su ropa táctica desgarrada, y sus dedos rozaban el diario de piel roja que ahora estaba empapado por el líquido