El aire en el laboratorio era una mezcla sofocante de estática y el olor metálico de la sangre. Marcus estaba frente a la cápsula, con la mirada perdida en ese cristal esmerilado que parecía contener el secreto de su propia creación. Sus hombros de veinte pulgadas, diseñados para soportar el peso de un linaje maldito, se tensaban mientras sus dedos trazaban las runas de la Orden que empezaban a brillar bajo la escarcha.
—Zola, este lugar no es una tumba —susurró Marcus, y su voz tenía esa frial