El frío dentro de aquel laboratorio enterrado era distinto al del glaciar; no era un frío natural, sino uno químico, un frío que olía a conservantes y a sueños muertos. Marcus estaba de pie frente al panel de la cápsula, con los dedos rozando el cristal esmerilado como si estuviera leyendo braille. Su rostro seguía siendo una máscara de confusión, pero había algo en la forma en que sus hombros se tensaban que me decía que el soldado estaba ganándole la batalla al hombre que no recordaba quién e