El eco de la explosión final sobre la cabina se filtró por las grietas del glaciar como el rugido de una bestia herida que se niega a morir. El túnel de hielo, de un azul eléctrico y tan profundo que parecía irreal, nos envolvía mientras el frío de Alaska nos golpeaba con la fuerza de un mazo. Arrastré a Marcus por el suelo irregular, ignorando el fuego líquido que subía por mi brazo derecho. La Gema estaba despierta, sedienta, pulsando contra mis nervios con una intensidad que me hacía ver man