La villa de Lorenzo Conti era un mausoleo de mármol y secretos. A pesar del fuego que rugía en la chimenea de la biblioteca, un frío antinatural parecía emanar de las paredes. Me senté en un sillón de cuero, sintiendo el peso del relicario de mi madre contra mi pecho. Ese pequeño objeto de plata había sido mi único consuelo en la isla, mi brújula moral en Milán, y ahora, la prueba de mi verdadero linaje.
Lorenzo caminaba de un lado a otro, su silueta alargada proyectándose contra las estantería